El primer pecado capital consiste en la lujuria especuladora, pues se puede comprar y vender lo que aún no se tiene. Se trata de una especulación sobre mercados de futuros.
El segundo pecado consiste en la pereza de los reguladores. Cuando la burbuja del petróleo explotó a mediados del verano del 2008, un pequeño cambio en la regulación de la SEC (organismo que controla la bolsa estadounidense) obligó el 14 de julio a los especuladores que estaban jugando a la baja contra la cotización de los bancos a que respaldasen sus apuestas con acciones, por lo que tuvieron que sacar dinero del mercado de futuros del petróleo para no perderlo en banca. Desde esta medida, que no buscaba atajar la burbuja petrolífera sino proteger a los bancos de los caníbales, el precio del crudo no ha dejado de bajar. Basta con un pequeño cambio regulativo, tan sencillo que ni siquiera se vota en ningún congreso, para evitar comportamientos tan dañinos para la economía mundial, como la burbuja del petróleo. ¿Por qué tanta pereza a la hora de evitar la especulación? Han tenido que temblar las catedrales de Wall Stret para que la mayoría de los organismos reguladores, también la CNMV española, se atrevieran a prohibir determinadas prácticas especulativas.
Un tercer pecado capital son los paraísos fiscales. En un mundo, donde las fronteras existen para las personas pero no para el dinero, de poco vale que el G20 se comprometa a asumir nuevas normas si no se aísla los paraísos fiscales. Según la OCDE, en estas cuevas de piratas se esconden entre 5 y 7 billones de dólares procedentes de impuestos, una cifra que equivale al 13% del PIB mundial.
Vayamos ahora con el cuarto pecado capital, algo aludido anteriormente: la codicia de los directivos. En palabras de Angela Merkel, “comprendo que gane mucho quien hace mucho por su empresa y sus empleados: pero ¿por qué se debe ahogar en dinero a los incompetentes?”. Es lo que a veces pasa cuando la retribución del primer ejecutivo está supeditada al corto plazo de la bolsa y no al largo plazo de las empresas. En muchas ocasiones (Enron es el ejemplo más sonado pero no el único), los fuegos artificiales que tanto gustan a los inversores bursátiles van contra los intereses de las propias compañías. A la larga, la cotización bursátil también se hunde, pero suele ser después de que el alto directivo haya vendidos sus “stock options”.
Veamos ahora un quinto pecado capital: la gula de los inversores. En todos los fallos del capitalismo que ahora han aflorado hay un elemento común: una distorsión perversa en el sistema de recompensas donde no se premia al que genera riqueza sino al que la destruye. El capitalismo ha funcionado sobre una premisa cierta, como ya apuntaba Smith, que del egoísmo individual se obtiene un progreso colectivo. La ambición de los empresarios también es buena para los trabajadores, pues todos ganan aunque sea en menor medida. Sin embargo, el castillo de naipes se hunde cuando la recompensa del que da préstamos hipotecarios a gente sin trabajo no está supeditada a que esas hipotecas se paguen, sino a vender todas las posibles. Lo mismo sucedía en el siguiente nivel, donde el que respaldaba estas hipotecas “subprime” tenía como negocio agruparlas con otra miles y venderlas al mercado. Que se cobrase o no, tampoco era su problema. Tampoco era un problema de las agencias de calificación, que estuvieron garantizando la salud del sistema hasta minutos antes del hundimiento; por algo cobraban de los mismos bancos a los que avalaban. No es problema de nadie y ha acabado siendo un problema de todos. Pero un escándalo mayúsculo ha salido a la luz pública: se trata de la estafa financiera piramidal realizada por Bernard Madoff. Se habla de un fraude financiero de 50.000 millones de dólares, de la cual se dice que puede ser la mayor estafa en la historia de la humanidad. Madoff usó su reputación como ex presidente del Nasdaq y como “filántropo” para levantar una gigantesca pirámide financiera que, ahora, salpica a muchos inversores de alto copete así como multitud de bancos dispersos en la geografía mundial. Este ejemplo sería el paradigma mayor, si es que no sale otro superior, de los pecados del capitalismo pues, ahora, el cáncer económico se está extendiendo por el mundo entero.
Pero detrás de estos preocupantes fenómenos de la economía, hay otros desastres generados por el cambio climático que afectan a la agricultura mundial. La crisis alimenticia es un problema económico en su realidad más cruda, pues aquí no se pierden ahorros sino vidas humanas. La lucha contra la contaminación es el mejor ejemplo de los males del capitalismo: solo se puede solucionar con regulación estatal y con una coordinación internacional. Pero dicho consenso internacional acerca del cambio climático afecta muy directamente a los poderes fácticos económicos, los cuales no quieren ver resquebrajar sus imperios económicos por una “simple” cuestión ecológica. Este problema nunca será abordado por aquellos que piensan en términos económicos a corto plazo. ¿Pero acaso no es la inversión más rentable, con diferencia, el salvar el planeta? De poco sirve que aumente la riqueza si solo se beneficien de ello los que ya son ricos, los mismos que nunca lo pasarán verdaderamente mal por mucho que se agrave la situación económica.
Uno de los mayores economistas del siglo XX, John Kenneth Galbraith, a través de su libro “La economía del fraude inocente”, realiza una crítica radical de la economía, la política y la moralidad pública de nuestro tiempo. Dice este profesor que la distancia entre la realidad y la “sabiduría convencional” nunca había sido tan grande como hoy en día porque el engaño y la falsedad se han hecho endémicos. Tanto los políticos como los medios de comunicación han metabolizado ya los mitos del mercado, como que las grandes corporaciones empresariales trabajan para ofrecer lo mejor para el público, que la economía se estimula si la intervención del Estado es mínima o que las obscenas diferencias salariales y el enriquecimiento de unos pocos son subproductos del sistema que hay que aceptar como males menores. Es decir, que nos hemos rendido totalmente ante el engaño y hemos decidido aceptar el fraude legal “inocente”. Pero la realidad es que, el mercado, está sujeto a una gestión que financian y planifican cuidadosamente las grandes corporaciones privadas. Estas, por otra parte, ni están al servicio del consumidor ni las controlan sus accionistas, sino los altos ejecutivos, que han desarrollado una compacta burocracia corporativa responsable de escándalos financieros como los de Enron, Worldcom o Arthur Andersen. La distinción entre los sectores publico y privado cada vez tiene menor sentido, porque son los grandes conglomerados empresariales quienes controlan el gasto militar y el dinero público. Lo que al anciano economista le repugna es la aceptación sin crítica de un sistema que retuerce a su gusto la verdad y enaltece la especulación como fruto del ingenio, la economía de libre mercado como antídoto para todos los males del mundo y la guerra como el gran instrumento de la democracia.
Con todo lo expuesto anteriormente, se puede concluir que, el binomio riqueza-libertad, ha sido transformado en la actualidad en un poder fáctico en manos de unos pocos individuos a través de un entramado de corporaciones financieras y económicas y, con ello, se ha abierto una brecha divergente con la pobreza mundial así como la esclavitud capitalista para el resto de la población mundial. Ante esta situación es preciso preguntarse: ¿qué hacer? ¿Cómo reaccionar frente a esta situación de crisis financiera global, creada por el egoísmo desmedido de unos pocos individuos? ¿Hará falta una Tercera Guerra Mundial para resolver la crisis económica?Etiquetas:
Permalink Responder para Alberto Sánchez el mayo 28, 2010 a las 1:59am
Permalink Responder para Carmen Ramirez el mayo 29, 2010 a las 6:37pm
Permalink Responder para Alfredo Carreras Rodriguez el junio 22, 2010 a las 6:13pm
Permalink Responder para Alberto Sánchez el septiembre 17, 2010 a las 11:09am
Permalink Responder para javier reigosoa rodriguez el septiembre 17, 2010 a las 12:21pm
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