EDUCACIÓN PARA EL DESARROLLO
1) INTRODUCCIÓN A LA EDUCACIÓN
En el informe a la UNESCO de la “COMISIÓN INTERNACIONAL SOBRE LA EDUCACIÓN PARA EL SIGLO XXI”, su presidente Jacques Delors sostiene que la educación tiene por función el desarrollo continuo de las personas y las sociedades; que la función esencial de la educación es conferir a todos los seres humanos, la libertad del pensamiento, de juicio, de sentimientos y de imaginación, que constituyen las garantías de la creatividad y la innovación, instrumentos indispensables para alcanzar los ideales de paz, libertad y justicia social que permita disminuir la inequidad, la pobreza, la exclusión y la guerra. Considera como pilares de la educación el aprender, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a vivir con los demás y aprender a ser.
En un trabajo monográfico realizado por la Doctora Dora Ríos Varillas, se amplía esta perspectiva acerca de cómo la educación debe edificar nuestro futuro común. La educación tiene la misión de permitir, a todos sin excepción, hacer fructificar todos sus talentos y todas sus capacidades de creación, lo que implica que cada uno pueda responsabilizarse de sí mismo y realizar su proyecto personal. Se debe revalorizar los aspectos éticos y culturales de la educación, a comprenderse a sí mismo (conocimiento, la meditación y la autocrítica), cuyas misiones son:
• Transferir las tecnologías a los países más desprovistos.
• La educación deberá estar al servicio del desarrollo económico y social de todos.
• La educación debe tener un sistema más flexible que permita la diversidad de estudios para evitar que exista un desbalance entre la oferta y la demanda de trabajo y de esta manera también reducir el fracaso escolar (despilfarro de recursos humanos).
• Aplicación de un modelo de desarrollo sostenible, de acuerdo a características propias de cada país.
• Imponer el concepto de “educación durante toda la vida”, con sus ventajas de flexibilidad, diversidad y accesibilidad en el tiempo y el espacio y aprovechar todas las oportunidades de aprender y perfeccionarse.
• La escuela debe inculcar: “El gusto y el placer de aprender a aprender”.
Una misión importante es que la educación debe estar presente toda la vida en el seno de la sociedad y, entre otros tantos puntos importantes, destaca:
• La educación durante toda la vida, se presenta como una de las llaves de acceso al siglo XXI y la forma de satisfacerlo es que todos aprendamos a aprender.
• Comprender mejor al otro, comprender mejor al mundo (entendimiento mutuo, diálogo pacífico con armonía, de lo que carece nuestra sociedad).
• Los conocimientos básicos: lectura, escritura y cálculo, expresión oral, la solución de problemas, como contenidos básico, que les permita vivir, y trabajar con dignidad, mejor calidad de vida, tomando decisiones fundamentadas y continuar aprendiendo.
• La educación básica debe llegar a todo el mundo, a las 900 millones de adultos analfabetos, a las 130 millones de niños sin escolarizar y a las 100 millones de niños que abandonan a la escuela y a ellas deben estar dirigidos las actividades de asistencia técnica y de coparticipación en el marco de la cooperación internacional.
• Los contenidos de la educación básica debe fomentar el deseo de aprender, el ansia y la alegría del conocer y por lo tanto, el afán y las posibilidades de acceder más tarde a la educación durante toda la vida.
• Debe valorarse los talentos de todo tipo, con la finalidad de limitar el fracaso escolar y evitar el sentimiento de exclusión y de carecer de futuro a un grupo numeroso de adolescentes.
• Considerar la perspectiva de poder regresar a un ciclo educativo y garantizar al adolescente que su suerte no está echada (definitivamente) entre los 14 y los 20 años.
Concluyendo, la finalidad principal de la educación es el pleno desarrollo del ser humano en su dimensión social y un sistema democrático debe permitir la educación en su plenitud que garantice la expresión de libertad, igualdad y solidaridad. Necesitamos una educación en valores, ya que estos son esenciales para el bienestar y calidad de vida que permitan a los hombres ser solidarios, cooperativos, críticos y creativos, con libertad para expresar juicios, sentimientos, en búsqueda de la paz.
2) UNA EDUCACIÓN PARA EL TERCER MILENIO
La sociedad está atravesando un proceso de transformación que se caracteriza por la aparición de nuevas formas de la política, de la economía y de la organización social. Por ello mismo, hay que dar unos fines que debe cumplir la educación y saber donde debe orientar su acción. La actual crisis de la educación es una expresión más de la crisis de un conjunto de instancias: la organización social, el sistema de valores, la familia, la política, la justicia, las creencias y el mercado de trabajo. En la época actual las instituciones tradicionales, la escuela y la familia, están perdiendo la capacidad para transmitir pautas y valores de cohesión social. En este incipiente siglo XXI, el conocimiento como parte sustancial de la educación, debe recuperar su lugar de privilegio: desarrollar todo su potencial para devenir en el ser humano en el indispensable vínculo de amor. La misión de la educación no debe ser meramente un instrumento al servicio de la economía. El futuro debe construirse con una educación que estimule la libertad y la apertura de las mentes al conocimiento.
El crecimiento económico no ha reducido las desigualdades. En España, uno de cada cinco hogares sigue bajo el umbral de la pobreza. Pero estas desigualdades ya no conocen límites culturales, pues un estudio constata que un 9% de los sin techo de Barcelona y Madrid poseen título universitario. ¿Cómo comprender dicha realidad en que, personas con conocimiento, se vean afectadas por la crisis económica hasta tal extremo de pobreza? Quizá podamos hallar alguna respuesta a través de la obra “La revolución de la Riqueza” del destacado gurú internacional Alvin Toffler, quien ha contribuido a la nueva corriente de pensamiento sobre gestión empresarial. Este doctor en letras, Leyes y Ciencias en la Universidad de Nueva York, además de escritor y “futurista”, es conocido por sus discursos sobre la revolución digital, las telecomunicaciones y la singularidad tecnológica. Toffler explica que estamos en presencia de la “Tercera ola”, concepto acuñado en el libro del mismo nombre, que escribió junto a su esposa Heidi. La Primera Ola sería la revolución agrícola, mientras que la Segunda Ola, sería la revolución industrial. El avance hacia la Tercera Ola es la economía basada en el conocimiento, la cual comenzó en el año 1956, poco después del término de la II guerra mundial. Según él, porque fue el primer año en el que los trabajadores de servicios, los oficinistas superaron a los obreros en EEUU, agregando que en esa época también se inventaron los primeros computadores para uso empresarial y personal. Además, en aquellos años nació el programa espacial y se comenzó a desarrollar la industria aeroespacial y toda la tecnología necesaria para respaldarla. En esos mismos años, se garantizó la educación universitaria para todos los ex soldados que combatieron en la II guerra mundial. También fue la década en que apareció la televisión, internet y el control de la natalidad, lo cual tuvo un impacto masivo en la estructura familiar. Según Alvin Toffler, se trata de una serie de eventos que nunca nadie miró como si estuvieran conectados, pero que se transformaron en cambios revolucionarios presentes, entre otras: en cada dimensión de la creación de la riqueza, en los grados de integración de la economía, en la intangibilidad creciente de la propiedad y en las estructuras organizacionales. “Todas estas cosas han cambiado en forma drástica nuestra definición de economía”, señalo Toffler, añadiendo que “la realidad ha cambiado mucho más rápido que nuestro avance intelectual. Seguimos viviendo en lo que se llama economía de chimenea, un mundo de trabajo repetitivo en donde lo que menos quieren los empleadores de sus trabajadores es la innovación o la creatividad, lo que quieren es que entren en la línea de producción y lo hagan bien para el resto de sus vidas”. Según Toffler hay que prestar atención a los elementos fundamentales profundos de los países, a saber, la baja inflación, la capacidad crediticia sólida, un presupuesto equilibrado sólido del gobierno y un fuerte sector manufacturero. Según él, se han creado tantos cambios que, no entender la existencia de estos elementos fundamentales profundos, es un error esencial. De esta forma, para poder entender y manejar el enfoque de la economía de la Tercera Ola, debemos prestar atención en cómo usamos el Tiempo, el Espacio y el Conocimiento.
Sobre el Tiempo dice que la velocidad plantea grandes cambios en las organizaciones: “la aceleración requiere de una respuesta rápida, pues mientras mayor es el cambio, mayor probabilidad de que todas las formas familiares fracasen. Se necesitan soluciones nuevas y creativas, cuyo factor principal es la velocidad”. En cuanto al Espacio señaló que “estamos cambiando los lugares, estamos en un periodo de turbulencia espacial, donde encontramos una movilidad de la riqueza”. Respecto al tercer elemento, el Conocimiento, sostiene que “cuando pensamos en la era del conocimiento, tendemos a pensar en la tecnología y en que la riqueza del conocimiento es un recurso revolucionario esencial que no se agota. El conocimiento lo podemos usar todos a la vez, es fácil de transportar, es intangible y es el elemento crucial del futuro y del desarrollo económico”. Añadió que “cuando la Tercera Ola comience a avanzar, vamos a depender aún más del conocimiento y, como componente intangible de la economía, vamos a empezar a crear nuevas formas”. Se trata de la siguiente etapa del desarrollo humano económico y social al cual debemos dedicarle más atención y más energía, es decir, la Tercera Ola, una economía basada en el conocimiento. Según él, “nos enfrentaremos a problemas completamente distintos cuando se madure y se difunda esta Tercera Ola, sin embargo, es un momento fantástico para estar vivos, una época fantástica para vivir en un mundo lleno también de muchas oportunidades. Bienvenidos al siglo XXI”, concluyó. Con este planteamiento. Toffler enlaza la economía con su denominada Tercera Ola del Conocimiento.
3) UNA EDUCACIÓN HACIA EL DESARROLLO SOSTENIBLE
Según un estudio realizado por la psicóloga y Máster en Desarrollo Social Alina Alea García, a partir de la década de los ´70, un sentido general comienza a surgir entorno a la cuestión ambiental, debido al creciente y evidente deterioro del entorno, cuya causa fundamental ha sido la acción del hombre. El medio ambiente se convierte en problema de investigación a consecuencias del deterioro de los recursos naturales, y al afectar la vida humana a grandes y pequeñas escalas, centrándose la atención de la comunidad científica internacional, en la búsqueda de la concienciación de la necesidad apremiante de utilizar responsablemente el saber de todos los campos de la ciencia para darle respuesta a la creciente degradación ambiental, que no solo pone en crisis las condiciones de vida en el planeta, sino hasta la permanencia de la vida en el mismo.
Fundamentalmente la atención se ha centrado en dos cuestiones esenciales: la influencia del ambiente y las modificaciones que ha sufrido este sobre las personas, sus conductas y actitudes; y la influencia de estas sobre el medio, las sociedades, las grandes potencialidades de impacto del factor humano sobre el entorno, las conductas degradantes, las concepciones y modos de vida en general. Los dos enfoques investigativos tienen un denominador común: la relación ser humano – medio ambiente.
Una de las respuestas a la crisis ambiental ha sido la educación ambiental, ya que las ciencias de la educación, se ocupan del proceso formativo del hombre, del desarrollo del mismo, es decir, del cómo éste se prepara a lo largo de su vida para interactuar con el medio ambiente, esta educación debe promover la formación de una conciencia ambiental en los seres humanos que les permita convivir con el entorno, preservarlo, y transformarlo en función de sus necesidades, sin comprometer con ello la posibilidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas, de preservar y desarrollar la riqueza cultural de la humanidad, de producir bienes y riquezas materiales, incrementar el potencial productivo, asegurando oportunidades equitativas para todos, sin que ello implique poner en peligro nuestro ambiente, incluidos sus diferentes sistemas del mismo. “La educación ambiental resulta clave para comprender las relaciones existentes entre los sistemas naturales y sociales, así como para conseguir una percepción más clara de la importancia de los factores socioculturales en la génesis de los problemas ambientales. En esta línea, debe impulsar la adquisición de la conciencia, los valores y los comportamientos que favorezcan la participación efectiva de la población en el proceso de toma de decisiones. La educación ambiental así entendida puede y debe ser un factor estratégico que incida en el modelo de desarrollo establecido para reorientarlo hacia la sostenibilidad y la equidad” (José Félix Martínez, Fundamentos de la Educación Ambiental, 2001).
La psicóloga Alina Alea continua diciéndonos que, el carácter rector que desde el enfoque histórico-cultural posee la enseñanza en relación con el desarrollo psíquico del individuo, se plantea que la educación ambiental debe convertirse en fuente e hilo conductor de un desarrollo que contemple de manera intrínseca el establecimiento de una relación armónica del individuo y el medio ambiente. Esto puede lograrse a través de la estimulación y optimización de diversos procesos psicológicos y las relaciones entre ellos, tales como habilidades, capacidades, valores, conocimientos, actitudes, percepciones, vivencias y comportamientos coherentes con el ideal de protección medioambiental que debe instituirse como componente fundamental de los patrones educativos correspondientes con los intereses actuales de la sociedad, y del propio individuo como personalidad.
Continua diciendo que, en este contexto de preocupación mundial ante las graves y diversas problemáticas ambientales que enfrenta el planeta, surge como alternativa la teoría del desarrollo sostenible o sustentable, concepto que aunque se había manejado con anterioridad, adquirió verdadera relevancia en 1987, en Nuestro Futuro Común, Informe de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, conocido también como informe de la Comisión Brundtland, en la cual se definió el Desarrollo Sostenible como “aquel que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas propias”. “El desarrollo sustentable requiere la promoción de valores que estimulen patrones de consumo dentro de los límites de lo ecológicamente posible, y a los cuales todos puedan aspirar razonablemente, implica además que las sociedades satisfagan las necesidades humanas incrementando el potencial productivo y asegurando oportunidades equitativas para todos, y no debe poner en peligro los sistemas naturales que constituyen la base de la vida en la Tierra: la atmósfera, los suelos, las aguas y los seres vivos” ( Marta Rosa Muñoz, Tesis en opción al grado de Doctor en Ciencias, Universidad de la Habana, 2003).
Este modelo ha resultado ser muy polémico y en ocasiones contradictorio, por lo cual desde finales de la década de los ’80, se han desarrollado múltiples acercamientos conceptuales al mismo, los cuales, independientemente de sus incompatibilidades, coinciden, en su orientación hacia el logro de un crecimiento con eficiencia económica, que no deteriore ni utilice de manera irracional los recursos naturales, que garantice el progreso y la justicia y equidad social, que respete y estimule la diversidad y riqueza de las identidades culturales, así como el precepto de la eficiencia ecológica de los sistemas biofísicos. En todo caso, el nuevo paradigma de la sustentabilidad presupone alcanzar una armonía entre las diversas aristas que incluyen el desarrollo humano, tales como la economía, la sociedad, la naturaleza, la cultura y la tecnología, donde la dimensión ambiental atraviese transversalmente este proceso de desarrollo. “De otro modo se interpreta que al desarrollo sustentable, le resultan inherentes: la posible única opción viable para salvaguardar a la Humanidad, la adopción de una nueva ética humana para con la naturaleza, un motivo de solidaridad inter-generacional, una teoría humanista y progresista, el sentido de responsabilidad por salvar las condiciones que sustentan la vida en el planeta, un móvil para la paz y la estabilidad mundial, una alternativa sensata a los modelos existentes de desarrollo y la globalización de la solidaridad ambiental” (José Alberto Jaula, “Sobre el reto de la Universidad ante la protección del medio ambiente y el desarrollo sustentable”, 2002).
Siguiendo la línea argumental de Alina Alea, la educación desempeña una importante función en la progresiva implementación de este nuevo paradigma de desarrollo; la misma debe encargarse de estimular el establecimiento de nuevos y más positivos estilos de relación del hombre con el medio ambiente, abarcando las diversas aristas o dimensiones del mismo, tales como las sociales, naturales, tecnológicas, económicas o políticas; debe instituirse como punto de partida e instrumento por excelencia en la necesaria incidencia sobre los diferentes actores sociales existentes en la actualidad, para potenciar la adquisición de nuevas informaciones, conocimientos, sensibilidades, valores y estilos de conducta humanas, favorables al medio ambiente. La Educación Ambiental constituye una de las respuestas a la crisis ambiental, y a su vez, educar para la sustentabilidad constituye el objetivo de la misma, esta juega un importante papel en el necesario incremento de las informaciones y conocimientos a los ciudadanos de nuestro planeta, en la asunción de nuevos valores, de cambios positivos en las actitudes con relación a la problemática ambiental; así como en la modificación de los comportamientos humanos lesivos al medio ambiente.
“Es evidente que el conocimiento es, hoy más que nunca, un factor decisivo en el proceso de desarrollo. En lo que respecta a la problemática ambiental, se hace indispensable en la actualidad tener un mayor conocimiento sobre nuestros recursos naturales y la propia realidad social y cultural, que haga posible la utilización inteligente del inmenso potencial de riquezas en beneficio de toda la sociedad”. “Uno de los retos principales del desarrollo sostenible implica la necesidad de formar capacidades en las personas y la sociedad, para orientar el desarrollo sobre bases ecológicas, de diversidad cultural, y equidad y participación social. Para ello han de tenerse en cuenta los comportamientos, valores sociales, políticos, culturales y económicos en relación con la naturaleza. De igual forma, ha de propiciar y facilitar herramientas para que las personas puedan producir y apropiarse de saberes, técnicas y conocimientos que les permitan una mayor participación en la gestión ambiental, decidir y definir las condiciones y calidad de vida” (Marta Rosa Muñoz, Tesis en opción al grado de Doctor en Ciencias, 2003, Universidad de la Habana).
Teniendo en cuenta la situación ambiental actual de nuestro planeta, podemos decir que hasta ahora la educación ambiental ha cumplido incipientemente con su misión, dentro de las razones fundamentales de este fracaso se encuentra el hecho de que la misma no se ha dirigido de manera acertada hacia el logro de un cambio profundo en las concepciones y estilos de vida, de producción y consumo de los seres humanos, ni a sus relaciones con el medio ambiente. Los patrones de producción y consumo insostenibles se encuentran dentro de los principales factores condicionantes de la situación actual del medio ambiente, en ello poseen una gran importancia los estilos de vida de las personas; para lograr una sociedad sustentable, es necesario realizar un giro hacia un estilo de vida de “simplicidad voluntaria” comprometido con la sostenibilidad.
Los cambios en los valores y estilos de vida hacia una posición más ecológicamente responsable, constituyen un estadio importante en pro de la disminución de los problemas ambientales que posee nuestro planeta. La educación ambiental, debe estar por tanto, dirigida a la estimulación de la adopción por parte de las personas de un modo de vida compatible con la sostenibilidad, en el que se valorice la sencillez y el gastar los recursos de la tierra a la menor velocidad posible, lo cual supone un freno parcial en algunas direcciones que se traducirá a la larga, en una mayor abundancia y durabilidad de la vida en sentido general; para lograr esta aspiración, es imprescindible elevar el nivel de conocimiento e información, de sensibilización y concienciación por parte de los ciudadanos, científicos, investigadores, gobiernos, la sociedad civil y todas las organizaciones nacionales e internacionales. Este cambio es susceptible de realizarse, teniendo en cuenta que así como un estilo de vida mantiene comportamientos ambientales singulares, también la adopción de prácticas concretas pueden ayudar a construir un estilo de vida sostenible a través de la educación ambiental. En esta evolución hacia los cambios fundamentales de nuestros estilos de vida y comportamientos, la educación en su sentido más amplio juega un papel fundamental, la educación es la fuerza del futuro, porque ella es uno de los más poderosos instrumentos para lograr el cambio. En esta educación uno de los aspectos esenciales es el conocimiento, un conocimiento que se preocupe por sí mismo, sus disposiciones y tendencias tanto al error como a la ilusión, como afirma Edgar Morin, 1997: se debe “armar cada mente para el combate vital por la lucidez; promover un conocimiento capaz de abordar los problemas globales y fundamentales para inscribir allí los conocimientos parciales y locales; aprender a través de él a enfrentar las incertidumbres, enseñar principios de estrategia que permitan afrontar los riesgos, lo inesperado, lo incierto, es necesario aprender a navegar en un océano de incertidumbre a través de archipiélagos de certeza”…”debemos prepararnos para enfrentar las incertidumbres; debemos educar para la comprensión. La comprensión mutua entre seres humanos es vital para que las relaciones humanas salgan de su estado bárbaro de incomprensión, desdeñar los racismos, las xenofobias, y los desprecios culturales, tenemos que realizar la educación por la paz que necesitamos”
No obstante, como señala Michael Scoullos en su discurso de apertura de la Conferencia Internacional Medio ambiente y Sociedad: Educación para la Sensibilización y para la Sostenibilidad, 1997, es necesario plantearse la interrogante: ¿cuán tolerantes, amplios, son los márgenes de la educación?, si desde Aristóteles sabemos que junto al conocimiento de lo bueno, debemos tener poder para aplicarlo; es evidente que sin una reestructuración profunda de nuestra sociedad desde el punto de vista político, económico, social y ético, no alcanzaremos nunca la solución verdadera y duradera de los problemas ambientales. “En este contexto, se debe precisar que la educación ambiental como proceso educativo, no puede por sí sola, lograr la protección del medio ambiente. La protección ecológica requiere y necesita de una voluntad y acciones políticas, económicas y sociales; no es posible la protección de los ecosistemas naturales, sociales, históricos y culturales sin eliminar la pobreza y erradicar el hambre, sin garantizar la educación, la cultura y la salud de la población, así como eliminar los conflictos bélicos, el terrorismo de estado y otros problemas globales que ocasionan tragedias de muertes y graves pérdidas que afectan la calidad de vida”. (Orestes Valdés, ¿Cómo la educación ambiental contribuye a proteger el medio ambiente?, 2001).
“La educación es, a la vez, producto social e instrumento de transformación de la sociedad donde se inserta. Por lo tanto, los sistemas educativos son al mismo tiempo agente y resultado de los procesos de cambio social. Ahora bien, si el resto de los agentes sociales no actúa en la dirección del cambio, es muy improbable que el sistema educativo transforme el complejo entramado en el que se asientan las estructuras socioeconómicas, las relaciones de producción e intercambio, las pautas de consumo y, en definitiva, el modelo de desarrollo establecido” (José Félix Martínez, Fundamentos de la Educación Ambiental, 2001).
La educación ambiental, por tanto no debe limitarse a una reflexión filosófica y teórica, sobre todo, significa concienciación, sensibilización y proposición de soluciones alternativas, la misma no se debe quedar en las aulas, en las familias; debe extenderse a todos los espacios de socialización, tales como la comunidad, los grupos formales e informales, los medios de comunicación; promoviendo acciones concretas en pro de la solución de los problemas ambientales, basadas en modelos participativos. De tal manera, la educación ambiental se erige como el baluarte hacia un planeta sustentable, aunque las actuales condiciones socioeconómicas predominantes constituyen obstáculos inconmensurables para el presente, el futuro puede representar la posibilidad de alcanzar de forma paulatina y progresiva un incremento de concienciación mundial hasta alcanzar aquella masa crítica capaz de revertir los actuales estilos de desarrollo hacia aquellos con aspiraciones de sustentabilidad. Tal es el sentido final que apunta el estupendo estudio de la psicóloga y Máster en Desarrollo Social de Alina Alea García: “La educación ambiental hacia el desarrollo sostenible”.
4) DE UN MODELO ECONÓMICO A UN MODO DE DESARROLLO
Hay un ilustre colombiano, Julio Silva-Colmenares, investigador innato, una eminencia de las ciencias económicas, que es director del Observatorio sobre Desarrollo Humano de la Universidad Autónoma de Colombia, cuyo soporte básico es la concepción integral del desarrollo humano. Para Julio Silva-Colmenares, la felicidad es una categoría científica en “construcción”. Según sus palabras, “sin duda hablar de felicidad en algunos medios académicos todavía sueña extraño, pues se le considera un asunto superficial o banal”. Sin embargo, en febrero de 2005 presentó en un encuentro internacional en La Habana, una ponencia sobre la “Utopía posible” acerca de un nuevo modo de desarrollo humano con libertad y felicidad. Como es natural, y por lo complejo que resulta trabajar sobre un tema tan subjetivo e íntimo como la felicidad, y que sólo desde hace poco es objeto de investigación científica sistemática, el profesor Silva-Colmenares insiste que todavía existe mucha discusión al respecto y, sobre todo, resultados paradójicos. Su idea es realizar una revisión exploratoria respecto a la concepción que distintas ciencias y corrientes del pensamiento tienen sobre la felicidad y la posibilidad que se le considere como una categoría científica en “construcción”, así como los factores sociales e individuales que la explican y los efectos sobre la vida de las personas y el desarrollo de las sociedades. Ello lo tiene emocionado, porque es la oportunidad para analizar a la felicidad como unos de los fundamentos de un nuevo paradigma del desarrollo.
La ponencia fue presentada por Julio Silva- Colmenares en el VII Encuentro Internacional de Economistas “Globalización y Problemas del Desarrollo” en La Habana, Cuba, en febrero de 2005, con el título: “Hacia un modo de desarrollo humano con libertad y felicidad. Una alternativa a la sociedad excluyente y cerrada del siglo 20”.
En resumen, esta ponencia propone sustituir como categoría de análisis el concepto de “modelo económico” por el más amplio de “modo de desarrollo”, considerando como la forma particular que tiene una sociedad para satisfacer las necesidades espirituales, sociales y materiales de sus miembros. Este modo de desarrollo supone una nueva economía política que tiene como soporte la idea de que la creatividad y la innovación humanas son el verdadera y único factor de producción. Como alternativa a la sociedad excluyente y cerrada del siglo XX, se señalan los rasgos de lo que podría ser un “modo de desarrollo humano”, el que debe tener como base los principios económicos del crecimiento compartido y la competencia regulada, así como la búsqueda de la libertad y la felicidad, lo cual requiere la acción mancomunada y complementaria del Estado, el mercado y la solidaridad social. Libertad y felicidad que no son fines en sí mismos sino caminos para avanzar hacia la “humanización de la sociedad” en una “humanidad globalizada”. Para ello se proponen algunas ideas básicas y propósitos estratégicos que ayudarían a la construcción de esa sociedad “centrada” en el ser humano, comenzando con la necesaria redistribución del ingreso nacional en la mayoría de los países pobres para disminuir la pobreza y la miseria.
Es preciso adentrarse más a fondo en las ideas que nos propone y, para ello, vamos a realizar una sinopsis, ateniéndonos a los contenidos tal como se desarrollaron en la ponencia:
1 - UNA CONCEPCIÓN INTEGRAL DE DESARROLLO
Durante miles y miles de años el desarrollo del género humano estuvo confiado a la espontaneidad y en muchos casos al azar. Sólo en el siglo XX se hizo consciente la idea de que es necesario “construir” el futuro, pero ya no como producto de un instinto individual sino de un proceso social, cuyos resultados no están predeterminados. Si algo distingue a la sociedad moderna, o a la modernidad, como le gusta decir a algunos, es el ascenso en la humanización, con base en seres humanos autónomos y responsables, que tienen la libertad para elegir entre diferentes alternativas. Ante el evidente fracaso de las “recetas” utilizadas hasta hoy, se busca un nuevo paradigma del desarrollo de la sociedad humana para alcanzar lo que se espera sea el objetivo: el desarrollo integral del ser humano, esto es, la satisfacción creciente de sus necesidades espirituales, sociales y materiales. Al tiempo que se reconoce que el Estado y mercado no son excluyentes sino complementarios, hay que aceptar que pueden sufrir transformaciones esenciales. En la construcción de la “utopía posible” de una sociedad con crecimiento compartido y competencia regulada para el desarrollo humano con libertad y felicidad, se requiere la acción mancomunada del mercado y el Estado, junto con una tercera mano: la solidaridad social. Y en esta complementación radica el nuevo paradigma.
Se necesita un esfuerzo sinérgico pues la historia comprueba que, si bien el mercado es el escenario adecuado para garantizarle al individuo el ejercicio de sus opciones, casi nunca la “mano invisible” de la competencia logra hacer la mejor asignación de los recursos, pues la fuerza de quienes ocupan posiciones dominantes produce efectos perversos que son a veces bastantes visibles. Por tanto, el Estado tiene la responsabilidad ineludible de ser el “cerebro ecuánime” que establece las reglas del juego transparente y orienta y regula la actividad económica, sin pretender reemplazar al mercado, como fue la tendencia teórica y práctica del siglo XX. Y al mercado y al Estado hemos de añadir el “corazón altruista” de la solidaridad social, para crear mecanismos de compensación que lleguen a quienes de verdad la merecen y poder reducir de manera sustancial las factores que excluyen a la mayoría de la población de los beneficios del progreso y la prosperidad. Sobre este “trípode” descansa nuestra concepción de un nuevo modo de desarrollo humano.
La búsqueda de una nueva sociedad, en donde puedan contrarrestarse los efectos negativos del capitalismo con los avances en la humanización, se remonta a antes del siglo XX: Tomás Moro, Campanela, Rousseau y otros. Sin renunciar al acervo científico universal ni negar la historia de la humanidad, la obligación es insertarse en el proceso de humanización, entendido como la búsqueda y encuentro de los valores supremos del ser humano, esto es, la satisfacción creciente de sus necesidades materiales, sociales y espirituales en un mundo en donde impere una nueva ética social en todos los ámbitos de la vida ciudadana e institucional.
2 – MEGATENDENCIAS EN PERSPECTIVA AL SIGLO XXI
Alrededor del Estado, el mercado y la solidaridad social se presentan las mega- tendencias de transformación que se avizoran para el largo recorrido del siglo XXI. En términos generales, se requiere pasar de un Estado privatizado y pésimo empresario a un Estado estratega y comunitario, esto es, que en lugar de estar en poder de unos pocos grupos económicos, políticos y sindicales, que lo han “capturado” para su beneficio, y caracterizarse por contar con entidades ineficaces e ineficientes, se transforme en orientador del desarrollo de la sociedad y en propiedad de los ciudadanos. Al mismo tiempo, se busca sustituir el mercado cerrado y monopolístico, que es el escenario propicio de la crisis, por un mercado abierto y democrático, para beneficio activo de los ciudadanos. Por último, pero no de menor importancia, el paternalismo y el “asistencialismo”, de cuya utilización “clientelista” existen muestras evidentes, deben ser reemplazados por una solidaridad social eficaz y sostenible, esto es, que llegue a los ciudadanos que la merecen y cuyo costo pueda asumirlo la sociedad.
Estas tres macros-transformaciones, en muy desigual nivel de desarrollo en distintas partes del mundo, suponen una conceptuación económica humanista que incorpora la idea de la prosperidad como la búsqueda del bienestar para todos los que participan en la creación de la riqueza, pero definida como riqueza social, que no se expresa tanto en unidades monetarias cuanto en ascenso en el proceso de humanización. Hoy, la riqueza debe entenderse como el conjunto de bienes y servicios, tangibles e intangibles, de que dispone una sociedad para desarrollarse en armonía, lo que incluye la cultura como parte esencial del capital social. La sociedad humana se realiza a través de la satisfacción creciente, pero no lineal, de las necesidades espirituales, sociales y materiales. En términos económicos, la prosperidad implica la distribución democrática y equitativa del excedente generado. Por tanto, la prosperidad o felicidad social supone también el disfrute de la libertad. La ciencia económica no tiene como propósito fundamental los cálculos econométricos o los resultados de las matemáticas financieras, sino una finalidad que es más difícil de alcanzar y que no siempre se puede medir en términos aritméticos: la libertad y la felicidad de las personas, su realización en el marco de lo que podría llamarse una nueva ética social.
3 – UN CAMBIO DE CATEGORÍA: DE MODELO ECONÓMICO A MODO DE DESARROLLO
Podría entenderse el “modelo económico” más como un instrumento para conocer el comportamiento de la producción, distribución y consumo de bienes y servicios que como un medio para “pensar” el desarrollo de una sociedad. Hablar de un “modo de desarrollo” nos permite desbordar el mero aspecto económico, que a veces se confunde con su expresión matemática, y asumir una concepción más integral de la sociedad, para desvelar su esencialidad.
El modo de producción capitalista está en permanente proceso de cambio, por lo que puede haber formas variables o maneras particulares de expresarse, lo que lleva a atenuar a acentuar los rasgos positivos o negativos inherentes a su esencia. El concepto de “modo de producción” en la economía moderna, tiene al ser humano, llamado hoy capital humano, como el elemento esencial, por ser el único que posee creatividad y capacidad de innovación. A su vez, el concepto “desarrollo” lo entendemos en la más amplia acepción, esto es, como movimiento o cambio esencial y necesario en la naturaleza, la sociedad y el pensamiento. La trascendencia histórica y científica radica en estudiar y conocer en detalle la especificidad del desarrollo de cada región o país, ya que no es un simple ejercicio académico sino, a su vez, una necesidad científica que tiene efectos políticos.
Partiendo de tales ideas, el concepto de “modo de desarrollo” supone formular preguntas sobre la sociedad que tenemos y sobre lo que se quiere que ella sea en un futuro. En este sentido, podría definirse el “modo de desarrollo” como la forma variable y particular de satisfacer una sociedad las necesidades materiales, sociales y espirituales de sus miembros, lo que supone indagar desde lo más complejo y permanente de la organización social, como las creencias religiosas, la propiedad y la producción, hasta lo más simple y cotidiano, como los hábitos de alimentación, la moda en el vestuario y las formas de entretención.
4 – LA ECONOMIA POLÍTICA Y EL MODO DE DESARROLLO HUMANO
Vista la deformación y reducción que ha ocurrido en la ciencia económica, es necesario introducir una gran transformación para recuperar el humanismo como guía de sus reflexiones y principios. No puede olvidarse que desde el siglo XVII y hasta principios del XX, lo que se entiende como ciencia económica, vista como una rama de las ciencias que estudian a la sociedad, se denominó, en términos generales, economía política. Pero en el primer tercio del siglo XX perdió el apelativo de política y quedó como simple economía: desaparece de la escena el ser humano y es sustituido por la actividad económica. Al sustituirse la “economía política”, tal como la practicaron Smith, Ricardo, Marx y Keynes, por la llamada desde principios del siglo XX “economía neoclásica”, se cayó en lo que Samir Amin llama “una modalidad de paraciencia” en su obra “Los fantasmas del Capitalismo”.
El análisis de los resultados de la actividad económica durante el siglo XX obliga a pensar en recuperar la concepción prístina de la economía política, entendida como la columna vertebral de las ciencias económicas, por cuanto es una reflexión filosófica, política y ética sobre las relaciones sociales que surgen en el proceso de producción, distribución y consumo de la riqueza y de la apropiación del excedente económico. La acumulación de bienes de producción o el uso ampliado de objetos de consumo personal es indispensable para el crecimiento económico, pero no puede convertirse en el fin fundamental de la sociedad. Estamos en un cambio de época donde, la concepción moderna de que el crecimiento económico y el desarrollo humano deben ser simultáneos y complementarios, ha de convertirse en el fundamento de una nueva economía política. Esta nueva economía política tiene una finalidad como ciencia social: la realización de las personas en una escala de valores éticos, sociales, políticos y económicos histórico-concretos, para que puedan avanzar en la libertad y la felicidad. Esto supone introducir una nueva concepción sobre el ser humano y el proceso de humanización.
5 – LA TEORIA DEL VALOR-TRABAJO Y EL CAPITAL HUMANO
Hoy se acepta, sin duda alguna, que la humana es la única forma de vida conocida que tiene capacidad de creación e innovación, y es la base, por antonomasia, del ser pensante. La capacidad creativa e innovadora del ser humano es de tal magnitud que la productividad industrial creció más de cuarenta veces en los últimos cien años. Cada vez el ser humano dedica una menor proporción de su vida al trabajo y dispone, por consiguiente, de más tiempo para sí mismo. La próxima transformación conceptual consistirá en que el ser humano entienda que el trabajo debe estar a su servicio y no el ser humano al servicio del trabajo, para que pueda realizarse, ser libre y feliz.
Ya no se duda que el capital más importante en cualquier proceso productivo lo representan las personas, pero su importancia no se mide en términos cuantitativos monetarios, sino con indicadores cualitativos sociales, pues su valor está dado por los conocimientos que poseen y la capacidad de que disponen para desempeñar con productividad, esto es, con eficiencia y eficacia, en una sociedad sujeta a un creciente proceso de globalización. Es necesario que se entienda mejor que el ser humano no es un factor más de la producción sino el factor, por excelencia, de la producción.
La paradoja por dilucidar en los primeros lustros del siglo XXI consiste en que, al mismo tiempo que se exalta por todas partes al ser humano adulto como el recurso productivo por excelencia, como el verdadero capital, por otro lado se declara la obsolescencia y la muerte de la teoría del valor-trabajo. La capacidad creadora del ser humano para transformar valores de uso anteriores en nuevos valores de uso es lo que incrementa la riqueza de cualquier sociedad, antigua o moderna. Este excedente no nació con el capitalismo, es consubstancial al trabajo humano y explica las condiciones materiales de ascenso en el proceso de humanización. La concepción del capital humano también parte de la base de que el sustrato de la riqueza es el trabajo humano, el que cada día implica menos esfuerzo físico y más actividad intelectual, pues supone la aplicación acumulada de un conocimiento que crece casi de manera exponencial. Si queremos recuperar la perspectiva humanista y científica de la Economía Política, aunque ello parezca a algunos un contrasentido, hemos de tener en cuenta que a pesar del difundido abismo ideológico que puede haber entre Smith en el siglo XVIII y Marx en el siglo XIX, e incluso entre éstos y Keynes en el siglo XX, a los tres les une la concepción humanística de su cosmovisión científica. Los tres cimentaron su pensamiento en principios filosóficos y éticos que ponen por encima de la actividad económica la propia realización del ser humano, esto es, la satisfacción de sus necesidades materiales, sociales y espirituales como resultado de su trabajo. Hoy, cuando el conocimiento es la principal fuerza de empuje en la economía, la teoría del valor-trabajo adquiere mayor importancia.
Visto que el crecimiento económico tiene como soporte la creatividad e innovación del trabajo humano, hay que analizar de manera sucinta el proceso simultáneo y complementario de humanización, esto es, de realización de los valores supremos del hombre por medio de la satisfacción de sus necesidades materiales, sociales y espirituales, en lo que cada vez tiene un mayor peso lo espiritual y lo social. Por eso hoy se habla de un nuevo Renacimiento o del nacimiento de una nueva espiritualidad, que no significa religiosidad, al mismo tiempo que se avanza en la humanización del saber.
6 – LA REALIZACIÓN DE LA LIBERTAD Y LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD
6-1 La sociedad moderna: del individuo a la humanidad globalizada
La libertad y la felicidad humana no son destinos, sino caminos que la sociedad humana ha recorrido durante miríadas de años en búsqueda de utopías que coloca como horizonte inasible y movible, en especie de signos cardinales en el ascenso hacia la humanización. Pero este anhelo, más que milenario, debe realizarse en la aldea mundial en construcción. La globalización puede homogeneizar los medios que permiten satisfacer las necesidades humanas pero no puede homogeneizar la cultura, de la cual baluarte esencial son los valores de cada comunidad. Es decir, se puede homogeneizar con qué vivir pero no cómo vivir, o sea el modo de pensar, sentir y actuar. Esta es la idea subyacente en nuestra propuesta de elaborar la categoría socio-política y económica de modo de desarrollo. En tan contradictorio proceso se hace evidente el avance hacia un mundo cada vez más homogéneo en lo material pero más heterogéneo en lo espiritual. Esta heterogeneidad espiritual aumenta el racismo, la xenofobia, el nacionalismo, la intolerancia y el fundamentalismo.
Al analizar la globalización y la revolución científico-técnica como procesos simultáneos y complementarios, interesa tener en cuenta, siguiendo la dialéctica materialista sustentada por Carlos Marx, que la ciencia y la tecnología transforman la ideología (cambios en los modos de producir y consumir modifican la forma de pensar los seres humanos), pero a su vez los cambios en la ideología transforman la ciencia y la tecnología (nuevos modos de pensar modifican las necesidades materiales, sociales y espirituales y la manera de satisfacerlas). En esta relación dialéctica se encuentra buena parte de la explicación de lo que ocurre en la sociedad actual, marcada por la incertidumbre y el desequilibrio permanente, con mucho optimismo en algunos aspectos y gran pesimismo en otros.
La fase actual de la revolución científico-técnica es una fuerza progresista, de empuje en el proceso de apropiación y transformación de la naturaleza, en toda su complejidad para satisfacer las necesidades materiales, sociales y espirituales en los seres humanos. La incorporación acelerada de la informática y la telecomunicación en todos los ámbitos de la vida, ha “roto” concepciones espacio-temporales milenarias. Esta aceleración es evidente al observar que el 90% de todos los inventos de la historia de la humanidad se hicieron en la segunda parte del siglo XX. El conocimiento, y la mejor expresión del desarrollo humano, la creatividad, serán, los fundamentos de un nuevo Renacimiento en el siglo XXI.
6-2 La libertad: condición “sine qua non” del desarrollo humano.
Para quienes pensamos que entre Estado y mercado no existe una contradicción insoluble sino dialéctica, esto es, que se soluciona en el proceso de desarrollo, la distinción a Sen (premio Nobel de Economía en 1998) es un reconocimiento para quienes hacen de la ciencia económica uno de los principales medios teóricos de ayuda para avanzar en el proceso de humanización. En este sentido, hay que tener en cuenta que Estado y mercado son conquistas de la humanidad, y que ambas instituciones, junto con la solidaridad social, tienen una función social en la búsqueda de la libertad y la felicidad, como fines de la economía. Al tener como objetivo la libertad y la felicidad de los seres humanos, como proclamamos hoy muchos investigadores y analistas, puede servir para hacer un mejor uso de los recursos y facilitar la distribución equitativa de los resultados del desarrollo. Ahora en este tránsito de siglo, es necesario insistir con vehemencia en que el crecimiento económico no lo es todo, pues lo fundamental es el desarrollo humano, el crecimiento integral del ser humano. Se hace necesario insistir en la construcción de un nuevo modo de desarrollo, modo que es algo más complejo que un modelo económico. Ese nuevo modo de desarrollo tiene como finalidad la realización de un ser humano en condiciones de libertad y felicidad. Amartya Sen considera a la libertad no tanto como soporte básico del desarrollo sino como sinónimo de desarrollo. El desarrollo para este premio Nobel no puede entenderse fuera de la libertad, sino que dicha libertad es “sine qua non” del desarrollo. Pero la ampliación de la libertad económica no puede ser para el beneficio de unos pocos que controlan el conocimiento y la propiedad. Si bien la libertad se realiza en el individuo, es una conquista de la humanidad que se da en el marco de la vida social. La libertad, en abstracto, no existe, ya que siempre será un conjunto de libertades específicas, concretas, con precisa delimitación témporo-espacial en cada sociedad. Sin duda, una de las razones sustanciales del surgimiento del Estado de derecho fue esa: darle protección jurídica a intereses que la sociedad valora como válidos y que, por tanto, deben tener una garantía superior a la fuerza individual.
Durante los siglos XVII, XVIII y XIX se avanzó en la protección de un catálogo creciente de derechos civiles y políticos. Durante el siglo XX el turno fue para los derechos sociales, los que también fueron ampliándose y profundizándose. En términos jurídicos, ello supone que a toda persona debe garantizarse, como mínimo, lo necesario para su subsistencia. Pero cada sociedad debe determinar el contenido de ese mínimo, pues ello implica no sólo disponer de los medios para garantizarlo sino de los recursos pecuniarios para sufragarlo, cuando el precio de mercado no pueda ser pagado por algunos sectores de la población. Por eso, nuestra propuesta de un modo de desarrollo humano que permita la realización de la libertad y facilite la búsqueda de la felicidad tiene una tríada de soporte que, además de un mercado abierto y democrático, incluye un Estado estratega y comunitario y una solidaridad eficaz y sostenible. “En definitiva, el desarrollo humano es el desarrollo de la gente, para la gente y por la gente” como señala el informe sobre Desarrollo Humano Global del PNUD correspondiente al año 2000.
6-3 La felicidad: ascenso en el proceso de humanización.
Como señalara Kart Jaspers: “a nadie se le puede obligar a ser feliz”. La felicidad supone la libre opción, pero para que la opción sea libre debe darse en condiciones de equidad. Un fundamento esencial de la libertad con equidad es el conocimiento, a medida que se desarrolla la sociedad del conocimiento mayores posibilidades tenemos para conquistar la libertad, aunque en muchas naciones del mundo no se avanza en ese sentido. Ya Aristóteles planteaba hace más de veintitrés siglos que el fin último del ser humano es la felicidad, pero no reducirla al placer, los honores o la riqueza, sino como la manera de ser conforme a ciertos valores.
En nuestro caso, queremos retomar la felicidad como elemento central en la reflexión sobre el desarrollo, pues entendida como bienestar fue uno de los preceptos que promulgaron los fundadores de la Economía Política en los siglos XVIII y XIX. Entre finales del siglo XX y principios del XXI empezó a hablarse de la felicidad como una categoría que merece la preocupación gubernamental y puede ser medida. La evidencia estadística disponible muestra que es muy distinta la percepción que se tiene sobre la felicidad según diversas condiciones de vida y forma de pensar. La experiencia de los países desarrollados muestra que crecimientos significativos del ingreso per cápita no conducen siempre a avances similares en la felicidad. La felicidad no puede confundirse con lo que la sociedad moderna llama a veces “éxito”. En el informe de la revista Dinero, el profesor de economía Alejandro Sanz de Santamaría señala que la felicidad con base en ese tipo de “éxitos” externos es fugaz y que la “búsqueda de esa falsa “felicidad” amarra a las personas a lo material-inmediato, las aleja de lo espiritual-trascendente, y las arrastra hacia la corrupción y la violencia”.
La idea de felicidad que proponemos está muy lejos de la vanidad, el hedonismo o el placer fácil y más cerca de la serenidad y la armonía que sugieren diversos filósofos y literatos. Por tanto, nuestra idea de la felicidad trasciende el campo de lo económico, sin negar que la realización de la felicidad, en lo material, implíca la utilización de bienes y servicios específicos que se mueven en relaciones mercantiles. Por eso proponemos incorporar la búsqueda de la felicidad, junto con la realización de la libertad, como condiciones de un nuevo modo de desarrollo y no sólo de un modelo económico, pues éste supone una concepción menos profunda y con menor amplitud. La ética utilitarista, que considera la utilidad como principio de la moral, impide ver que la felicidad, como la libertad y otros valores sustantivos, es un bien deseable por sí mismo, que no puede sujetarse a cálculos de costos marginales, o costo-beneficio, sin desconocer la importancia de la matemática en su cuantificación como un bien público por excelencia que, como se dice en la jerga económica, tiene efectos de alta externalidad positiva.
7 – APROXIMACIÓN A ALGUNAS IDEAS-FUERZA Y PROPÓSITOS ESTRATÉGICOS
En conclusión, hay que partir de la premisa básica que más que un modelo económico nuevo se necesita un nuevo modo de desarrollo, el que debe entenderse no tanto como una formulación econométrica cuanto como el establecimiento de unos propósitos estratégicos que, en el marco de una concepción determinada de crecimiento económico y el desarrollo o progreso humano, propone unos resultados definidos por medio de unas políticas y medidas específicas. Tal modo de desarrollo podría asentarse en algunas ideas-fuerza como las siguientes:
a) El mejoramiento de las condiciones de trabajo y de vida de la mayoría de la población, con incremento del ingreso real disponible, lo cual debe apoyarse con valorización del capital humano y mejor utilización del capital físico.
b) La diversificación y expansión del mercado interno con base en un crecimiento económico sostenible y equitativo.
c) La incorporación inteligente en la internacionalizada sociedad del conocimiento.
d) La ampliación y consolidación de la democracia participativa.
La pobreza es la negación para millones de hogares del derecho elemental al consumo de los bienes y servicios que satisfacen las necesidades materiales, sociales y espirituales que permiten a las personas unas condiciones dignas y mínimas de vida, según el progreso de la humanidad en cada momento histórico, comenzando por el disfrute de una ocupación estable y un ingreso equitativo. Este derecho es hoy uno de los más importante componentes del concepto moderno de libertad. Estamos en presencia de una sociedad que se ha acostumbrado a la injusticia social, a la carencia de libertad, en el sentido moderno de esta categoría.
También habría que discutir sobre otros propósitos estratégicos tales como los siguientes: garantizar la seguridad alimenticia de las próximas generaciones, mejorar las oportunidades en salud y educación para los más pobres y vulnerables, buscar nuevos productos de exportación, con alto valor agregado y ventajas competitivas innovadoras, incorporar nuevas formas de propiedad y organización empresarial, aglutinadas no tanto alrededor del capital como del trabajo, y mejorar las condiciones de ocupación de la mayoría de los trabajadores, para disminuir el desempleo y elevar la protección social y económica.
Sólo pretendemos presentar los fundamentos paradigmáticos de esa propuesta de un nuevo modo de desarrollo. Proponemos una nueva sociedad, afincada en el ser humano como valor supremo. La humanización de la sociedad no puede considerarse como un resultado marginal y el ser humano tiene que volver a ser- como hace veinticinco siglos lo dijera Protágoras - la medida de todas las cosas, pero a la medida de hoy, cuando ya estamos pasando de la “era electrónica” a la “era biológica”. Ese nuevo modo de desarrollo humano debe tener como principios económicos orientadores el crecimiento compartido y la competencia regulada y como ideales la realización de la libertad y la búsqueda de la felicidad, para lo cual se requiere la acción mancomunada del Estado, el mercado y la solidaridad social.
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