El sujeto cognoscente
La humanidad lleva preocupándose por la felicidad desde tiempos inmemoriales. Los filósofos griegos, principalmente Aristóteles, ya escribían sobre ella, y desde entonces numerosos poetas, filósofos, psicólogos y científicos de diversas áreas del conocimiento se han preguntado por ella. Sin embargo, aún no hemos sido capaces de alcanzar una definición consensuada de lo que es la felicidad. En relación a la riqueza, como se ha visto en anteriores artículos, los datos experimentales muestran que a partir de un determinado umbral económico que permite satisfacer las necesidades básicas, la economía ya no es el fundamento principal para alcanzar la felicidad. El desarrollo económico permite la riqueza y, a partir de ésta, se logra un cierto grado de felicidad. La felicidad de un país y, por ende, de sus ciudadanos, está vinculada a las cuestiones políticas como la democracia y los derechos individuales. En realidad, más importante que vivir en una nación rica es vivir en una nación democrática y libre, dentro de la cual la persona puede, según su libre albedrío, alcanzar su propia felicidad. El amplio sentido de las relaciones personales, lo cual puede denominarse como amor, es un factor que tiene importancia a la hora de ser feliz: un objetivo deseable para todo individuo.
Toda persona, desde su propio pensamiento el cual determina las acciones, debe afrontar ineludiblemente su existencia mediante la búsqueda de riqueza y libertad. Riqueza y Libertad es un binomio de poder presente en la historia de la Humanidad. La “historia de la riqueza” ha desembocado en un imperialismo económico con resultado de una actual crisis financiera globalizada. El sistema capitalista nos ha hecho creer en un idealismo de felicidad basado en el exclusivo soporte económico. Al perseguir la riqueza, muchos han caído presos del sobre-endeudamiento, poniendo en peligro el futuro de los seres queridos. Con ello se ha hipotecado a la propia libertad, pues nuestro tiempo ya no nos pertenece sino para ser “esclavo capitalista” de los lobby que poseen el verdadero poder económico. Sin embargo, la libertad en el individuo, sigue existiendo en forma interna de pensamiento y en forma externa de acción. En la modernidad, se identifica ese ejercicio de libertad con la realización de la persona, pero dicha libertad supone un complicado dinamismo en el cual se mueve todo ser humano, sin existir un consenso cognitivo para su orientación. Todo ser humano, por principio ontológico, debe buscar su propia felicidad y, ese devenir existencial se realiza a través de la riqueza y la libertad, a pesar que nadie nos ha enseñado a gestionarlas desde el conocimiento.
El binomio de riqueza y libertad, ha sido transformado en nuestra época contemporánea en un poder fáctico en manos de unos pocos individuos a través de un entramado de corporaciones financieras y económicas. La consecuencia más inmediata ha sido la actual crisis financiera que pone en peligro la sociedad del bienestar, como premonición de un cambio de paradigma en la naturaleza humana. La nueva economía debe basarse en el conocimiento, pues existe una desorientación mundial que no cubre las expectativas de felicidad para la humanidad en general. La humanidad ha caído por la pendiente del materialismo y, el dinero, ha usurpado a los valores morales y cognitivos propios de la condición humana. El conocimiento como principio ontológico de inteligibilidad, debe ser el fundamento sobre el cual reorientar a la humanidad y, por ende, al propio sujeto cognoscente. Siguiendo a Kant, hay que estudiar todo aquello que cae en el ámbito de ser conocido mediante nuestra facultad de conocimiento. Por ello mismo, tenemos ahora una visión superior acerca de los conceptos de riqueza, libertad y felicidad, pues han podido ser conocidos a través de la propia historia de la humanidad. Sin embargo, el sujeto cognoscente debe seguir buscando su propia verdad dentro de su libertad, lo cual externamente resulta casi insoluble, pues se enfrenta a tres antinomias existenciales: riqueza-pobreza, libertad-esclavitud y conocimiento-ignorancia. Estas antinomias tienen razón de ser porque los grados de conocimientos alcanzados por la humanidad no se han puesto todavía como fin último en la misma humanidad.
Es preciso realizar un recorrido en la propia conciencia del sujeto cognoscente a fin de intentar hallar una correcta interpretación de la riqueza y la libertad. Cada persona, bajo su propio entendimiento, intentará buscar su propia felicidad a través de la libertad. Dicho de otro modo, el sujeto cognoscente debe ascender racionalmente para tener una correcta cosmovisión del mundo actual descrito mediante la Riqueza y la Libertad. El premio Nobel Amartya Sen nos ha hecho ver que, cada cual, es creador de su propio destino y responsable éticamente del nivel de libertad que las personas tenemos para llevar la forma de vida que se desea. Nos remite así a nuestro propio subjetivismo como responsable ético respecto del binomio riqueza-libertad para intentar alcanzar la felicidad. Pero en la búsqueda de dicha felicidad se interponen dos fuerzas, la adaptación y la comparación social, que se juntan para dar lugar a una profunda insatisfacción, debido al cálculo erróneo que desvía los bienes básicos a los de adaptación. La Paradoja de Esterlin nos demuestra que la felicidad no sólo depende del dinero sino de otros factores como la estructura genética, las relaciones familiares, la comunidad y los amigos, el trabajo, la libertad y los valores personales. Se requiere una planificación óptima para lograr el correcto sendero interpretativo de la felicidad que, repito, nadie nos ha demostrado su pedagogía y fundamentos filosóficos, pues de momento, queda totalmente al libre albedrío de cada cual. La búsqueda de la felicidad suele degenerar en un individualismo desenfrenado, obviando la concepción ontológica de “inteligibilidad”. La felicidad es una categoría científica que está en “construcción” debiéndose sustituir el concepto de “modelo económico” por un “modo de desarrollo” en la sociedad para satisfacer las necesidades espirituales, sociales y materiales de sus miembros. Ahora, la libertad y la felicidad, deben ser vistos no como fines en sí mismo sino como caminos para avanzar hacia la “humanización de la sociedad” en una “humanidad globalizada”. Es decir, una sociedad “centrada” en el ser humano. Este nuevo “modo de desarrollo” de la sociedad debe realizarse con crecimiento compartido y competencia regulada para el desarrollo humano con libertad y felicidad gracias a la acción mancomunada del mercado, el Estado y la solidaridad social.
La deformación que ha ocurrido en la ciencia económica debe ser sustituía por una “nueva economía política” como ciencia social: la realización de las personas en una escala de valores éticos, sociales, políticos y económico histórico-concreto para que puedan avanzar en la libertad y la felicidad. Es decir, introducir una gran transformación para recuperar el humanismo como guía de sus reflexiones y principios en el proceso de humanización. Por ello mismo, se habla hoy del nacimiento de una nueva espiritualidad, que no significa religiosidad, sino avanzar en la humanización del saber. La búsqueda de la falsa felicidad de las personas en lo material-inmediato, las aleja de lo espiritual-trascendente. La pobreza es la negación para millones de hogares del derecho elemental al consumo de bienes y servicios que satisfacen las necesidades materiales, sociales y espirituales. Este derecho es hoy uno de los más importantes componentes del concepto moderno de libertad. Estamos en presencia de una sociedad que se ha acostumbrado a la injusticia social, a la carencia de libertad, en el sentido moderno de esta categoría.
Según todo el análisis realizado hasta aquí, puede aseverarse que las circunstancias externas (herencia histórica de la riqueza y la libertad) es una cognición necesaria para la persona, a la hora de alcanzar la felicidad. Sin embargo pocos son los que logran tal conciencia cognitiva. No se alcanza dicha felicidad al ser manipulados por unos pocos que detenta el poder fáctico económico, o también, porque nos proyectamos en esa externalidad sin el conocimiento apropiado acerca de ella. Hay que buscar la felicidad en otro sitio, pero ¿dónde? En nuestro interior, en ese conjunto de circunstancias o variables internas que podemos controlar de forma voluntaria. Este es el factor que más poder explicativo presenta en relación con la felicidad: las variables internas o psicológicas, es decir, la personalidad del sujeto cognoscente. Se han derramado ríos de tinta tratando de encontrar la fórmula que, de una vez por todas, conduzca al ser humano hasta la felicidad, pero hasta la fecha, ninguno de estos intentos ha tenido éxito. Solamente desde una pedagogía de la libertad, fundamentada psicológicamente sobre firmes postulados filosóficos, podrá pretenderse que las voluntades individuales evolucionen en sinergia hacia la verdadera humanización pretendida más arriba. Por eso es preciso ahondar en las propias riquezas del sujeto cognoscente para llegar a una postulación filosófica de la libertad que permita vislumbrar la felicidad personal y colectiva. Hay que intentar rescatar las verdades trascendentales que existen en todo sujeto cognoscente. Gracias a dicha cognición, debería ser posible una fórmula universal con fundamentos científicos y filosóficos que sirvan para cualquier sujeto cognoscente independientemente de sus condiciones biológicas, personales, sociales o espirituales. O sea, una fórmula cognitiva universal que puentee el interior del individuo con la externalidad de la existencia. Un objetivo filosóficamente ambicioso, pero no menos que el que se propuso Kant al intentar establecer la relación y la conexión entre nuestras facultades intelectuales y sensibles. Sólo que, ahora, dicha relación y conexión entre el intelecto y lo sensible, debe hallar una finalidad cognitiva para la correcta orientación de la libertad y la felicidad del sujeto cognoscente en relación con la humanidad. Se trataría, en suma, de establecer la relación existente entre la conciencia individual y la conciencia colectiva a través de la lectura de la historia del pensamiento desde el contexto económico, social y político actual que, dicho sea de paso, está sumido en un auténtico caos con desorientación para la propia humanidad. Es en la “soledad del pensador” desde donde surge productivamente el auténtico conocimiento. Soy consciente que, muchas veces, ideas utópicas en determinadas épocas han sido perfectamente plausibles posteriormente y, la propuesta de establecer una relación científico-filosófica de la conciencia individual con la conciencia colectiva puede ser un reto tan ambicioso como lo fue en su día la Teoría Copernicana. No es que, con ello, quiera egoístamente encumbrar mis pensamientos por encima de los conocimientos de mi época, sino que, el mundo en el cual existo, no concuerda con la visión de un filósofo que busca, como casi todos en la historia del pensamiento, su propia verdad interpretativa para sumarla a la historia del pensamiento.
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